Nos volvemos
tipos solitarios
de mirada profunda y sonrisa franca.
Y en los ratos tranquilos,
cantamos a los sueños del desengaño,
invisibles volutas de humo
que se escurrieron en nuestras manos
como estatuillas de ceniza,
desmoronadas
de vuelta a la tierra de la que surgieron.
Somos sólo
soñadores que soñaron
que podían pintar un mundo
más auténtico,
menos frío,
más cercano.
Somos sólo,
huérfanos desarraigados,
diferentes,
más sabios,
con la sabiduría
que da jamás haber encajado.
Haber vivido cada día
buscando desesperados con qué respirar
y habernos desmayado tantas veces
asfixiados,
sin aire que empuje nuestras alas
más allá de la tristeza de la soledad y el abandono.
Haber sobrevivido
a tanta muerte
a tanto dolor,
y haber renacido tantas veces
condenados a la vida,
condenados a seguir buscando…
A seguir intentándolo.
Nos juzgáis mezquinos,
pretenciosos misántropos
incapaces de valorar
algo más que lo que entendemos.
Creéis que nuestra abstracción y retraimiento
es una obsesión que pagaremos cara.
Y nosotros nos alejamos
de vuestra incomprensión
que hiere,
y buscamos la paz de quien no juzga,
de quien no necesita comprender
para acunar un alma desfallecida,
para estar ahí siempre,
sin pedir nada.
Nos consagramos,
leales a quien nos es leal,
abrazados a lo auténtico
y rabiamos hermanados
a una esencia vilipendiada
que no sabe o no puede defenderse.
Somos ángeles caídos
que jamás fueron ángeles
y nacieron ya en el suelo.
Somos refugiados,
de una guerra
que cuesta ver
pero existe.
Dejamos atrás amores,
amistades y mentiras,
que fueron verdad
mientras en ellas pudimos creer…
hasta que al final
traicionaron nuestra confianza.
Nos hicimos fuertes en la soledad,
en la dureza y el desamparo
y hoy somos,
guerreros llenos de cicatrices,
serenos y oscuros pozos
resguardados y reservados
a aquellos que no temen
lanzarse a nuestras aguas.
Y sólo a ellos
debemos y dedicamos nuestras vidas,
para siempre,
hasta que se extinga nuestra llama.